Armaste un presupuesto prolijo: tantos pesos para el súper, tantos para transporte, tantos para ahorro. Anotaste cada número y quedaste tranquilo. El problema es que ese número en pesos —el número nominal— no se queda quieto.
Un presupuesto fijo en pesos miente, y miente solo. No porque te equivocaste al armarlo, sino porque en un contexto inflacionario los precios suben todos los meses mientras tu planilla se queda congelada. El mismo $200.000 que en marzo te alcanzaba para el súper, en mayo te compra menos cosas. La cifra no cambió, pero lo que rinde sí.
Nominal vs real
- Nominal es el número en pesos: "gasto $200.000 en súper".
- Real es lo que ese número te compra de verdad: el changuito lleno.
Tu presupuesto lo escribís en nominal, pero lo que te importa es lo real. Cuando la inflación se come el poder de compra, mantener el mismo número nominal significa, en la práctica, recortar sin haberlo decidido: comprás menos comida, viajás menos, ahorrás menos.
Por eso el presupuesto se reajusta, no se archiva. Un presupuesto no es una foto que sacás una vez al año. Es una planilla viva que repasás cada mes. La rutina mínima:
- Mirás cuánto fue la inflación del mes (el dato del IPC que publica el INDEC).
- Aplicás ese porcentaje a las categorías que se mueven con los precios: súper, transporte, servicios.
- Ajustás también tu meta de ahorro, para que siga representando lo mismo en poder de compra.
Ejemplo concreto: si tenías $200.000 para el súper y la inflación del mes fue 4%, para mantener el mismo changuito necesitás $200.000 + 4% = $208.000. Si dejás los $200.000, estás recortando comida sin darte cuenta.
Ojo, no todo se ajusta igual. El alquiler sube cuando toca el ajuste del contrato, no todos los meses. Una cuota fija en pesos de algo que ya compraste no sube nunca (la inflación incluso te juega a favor ahí). Por eso el reajuste es categoría por categoría, no un único porcentaje para todo.