Cada peso que gastás en algo es un peso que no usás en otra cosa. Eso es el costo de oportunidad: no es lo que pagás, es lo que dejás de hacer con esa misma plata.
La pregunta que casi todos se hacen frente a una compra es "¿puedo pagarlo?". Si la tarjeta no rebota y llego a fin de mes, listo, me lo llevo. El problema es que esa pregunta casi siempre da que sí, y por eso no te ayuda a decidir nada.
La pregunta que sí decide es otra: "¿esto vale más para mí que mi mejor alternativa con esa misma plata?". No comparás el gasto contra cero (¿lo tengo o no lo tengo?), lo comparás contra lo segundo mejor que podrías hacer con esos pesos.
Ejemplo concreto. Tenés $150.000 disponibles este mes. Estás por gastarlos en un par de zapatillas nuevas. Tu mejor alternativa hoy es completar el fondo de emergencia que te falta. El costo de oportunidad de las zapatillas no es "$150.000", es "el mes de tranquilidad que me daba tener el fondo completo". Recién ahí la decisión es honesta: tal vez las zapatillas ganan, tal vez no. Pero ahora estás eligiendo de verdad, no por inercia.
El costo de oportunidad existe siempre, lo veas o no. Cuando no lo mirás, igual lo estás pagando — solo que a ciegas.